Quise ser como Bebeto

 

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Laura @gaelx      

 

En el último programa de Sangre Fucsia, titulado “Carne y sangre en movimiento” , propuse unas preguntas sobre nuestra relación con el deporte de niñas, adolescentes y adultas. La idea era comentar nuestras experiencias en una mesa redonda en directo. Pero, por circunstancias varias, no pude participar. Así que las voy a responder en mi rincón.

De niña me desarrollé físicamente con muchísima precocidad. A los 11 años tenía más o menos la misma altura que ahora (que tampoco es mucha). Como actividad extraescolar en el colegio, además en una academia del barrio, empecé a hacer gimnasia artística (que no rítmica). Mientras las niñas de mi edad, que me llegaban por el codo, volaban sobre las barras asimétricas y flotaban en el aire haciendo flic flacs, mortales y rondadas, yo sudaba para conseguir que mi culo cruzase al otro lado del potro.

El deporte oficial de mi colegio era el voleibol. Y por eso lo odiaba. Además, no le veo la gracia a un ejercicio que cada vez que golpeas la bola te provoca un terrible escozor en los brazos. Se ve que eso del sufrimiento gratuito no va conmigo. Disfruté durante unos cuantos años practicando hockey sobre hierba o, mejor dicho, hockey sobre pista pulida con las reglas del hockey hierba. Pero lo dejé después de que una bocha a muchos kilómetros por hora impactase sobre mi tobillo. Cuando cambia el tiempo, todavía me duele.

Mi paso por el balonmano fue también breve debido a que no conseguimos que acudiesen a los entrenamientos de forma continuada más de 5 personas a la vez. Sin embargo, nunca olvidaré a Carmen, la profesora de 19 años y miembro de la selección juvenil que, para mí, era una completa adulta. Fue uno de  mis primeros amores platónicos.

Lo que verdaderamente me apasionaba era el fútbol, tanto para verlo como para jugarlo. Más que una afición fue una auténtica obsesión. Mi perro se llamaba Gol y mis tortugas, Pelé y Beckenbauer. Iba al estadio a ver a mi equipo aunque lloviese o al día siguiente tuviese examen. Gastaba un par de zapatos por trimestre golpeando el balón y la explanada de gravilla. Me pintaba la cara con los colores corporativos y me bañaba en la fuente para celebrar las victorias. Lloraba desconsoladamente con las derrotas y decía palabras muy gruesas a los árbitros y contrincantes.

 

ladies football club

 

Esta fiebre la sufrí desde los 10 años hasta aproximadamente los 18 o 19. Vamos, en cuanto salí de mi microcosmos y me fui a estudiar fuera. Ahora el fútbol me da tan igual y el capitalismo tanto asco que ni siquiera vi la final del Mundial que hizo que, de la  noche a la mañana, todo el mundo estuviese orgulloso de haber nacido dentro de lo que llaman piel de toro. Precisamente porque estuve ahí, me resulta incomprensible que millones de señores adultos en toda Europa se comporten como lo hacía yo y mis amigas de preadolescentes. Dejé de practicar deporte asiduamente mucho antes de que se me curase la fiebre futbolera. De hecho, a partir de los 15 años (en mi época eso era ya edad de salir, beber y fumar) lo único que jugaba era alguna pachanga esporádica en la playa con mis amigos, que nunca me pasaban la bola.

Las estadísticas oficiales  apuntan en una dirección clara: en 2010 un 41´1% de varones de 15 años en adelante practicaba algún deporte frente al 31´1% de las mujeres de la misma franja. Hilando más fino, los estudios sobre hábitos deportivos de la población escolar son unánimes: al finalizar la etapa de educación obligatoria (16 años) un elevado porcentaje de chicas han dejado de hacer actividad física y deporte.


Actividad deportiva sexo y edad

Por suerte a los 20 años descubrí las artes marciales. Sin duda ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Después de dos meses practicando jiujitsu tres veces a la semana, sentía mi cuerpo diferente. Caminaba por las calles oscuras y solitarias alerta pero segura, con todos los sentidos aguzados pero sin tensión. Ir memorizando katas y mejorar la efectividad de mis luxaciones, golpes, barridos y proyecciones me hizo sentirme muy realizada. Durante los tres años que asistí a ese dojo fui la única mujer, excepto alguna que no volvía tras la primera clase de prueba. Una de las fuentes principales de mi motivación fue demostrar que lo podía hacer igual de bien que los chicos y que no me daba miedo hacer un randori (una peleilla libre de entrenamiento) con el señor de cinturón marrón y casi dos metros de altura.

Ojalá las niñas no tuviesen que demostrar nada (que son femeninas, entendido esto como pasivas, poco competitivas, tranquilas…) ni ocultar nada, por ejemplo que son más fuertes, ágiles y rápidas que sus compañeros. Ojalá las deportistas profesionales ganasen un sueldo digno y ojalá los futbolistas no tuviesen fortunas que esconder del fisco. Ojalá hubiese podido encabezar este testimonio con un “quise ser como Bebeta”.